Durante los siglos IV y V fueron varios los caudillos bárbaros que dejaron un recuerdo devastador entre los habitantes del Imperio romano, pero ninguno tan fiero y salvaje como Atila. La imagen que nos ha llegado de él es la de un líder cuya ambición desmedida solo podía ser satisfecha mediante el terror. De ahí la inusitada, incluso gratuita, crueldad con que se comportaba en sus campañas.